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Amor, una Medicina Eterna e Insuperable
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Hola,  mi nombre es Roberto y mi historia probablemente es igual a la suya.  Llevo cuarenta años de casado con una mujer maravillosa, pero la catástrofe comenzó el día que le diagnosticaron con Alzheimer y  pánico.  A pesar de lo que me explicaron, creí que cuidarla no sería tan difícil.  Qué iluso e inocente fui.  Lentamente comenzaron ha aparecer los trucos como debajo de la manga de un mago.  Las medicinas que ella tomaba empezaron ha aparecer debajo de la cama u otros lugares.  Hacer desaparecer las cosas es su especialidad, y al igual que los niños, su cara de inocencia dice, “yo no fui”.

Lograr que se bañe todo los días es una tarea de dos o más horas, después de las cuales yo quedo agotado, pero ella no.  Llora sin consuelo y mis palabras caen en oídos sordos.  Con el correr del tiempo, aumentan los problemas, y mi desesperación y  la frustración se convierten en mis compañeros inseparables.  Pero qué triste es sentirse solo al lado del ser querido.  Hablar sin comprenderse, mirarse a los ojos llenos de lágrimas como para decir “yo no estoy aquí—pero tú no sufras”.  Por más que trato de entenderla, no lo consigo.  Su doble personalidad hace cosas irracionales, y al preguntárselo, me responde, “ella me dijo tal cosa…”.  Cuando le pregunto si quiere

comer, me dice que sí, pero no come.  Cuando me dice que no, entonces come.  Esa contradicción me lleva a una total confusión.  Solo me queda amarla mucho, cuidarla, y establecer mis propias normas para su mayor bienestar, pero no tratar de entenderla.  ¿Será que debo aceptar todos estos cambios dolorosos, sin ningún reproche?  Tal vez mis sentimientos de culpabilidad me hacen pensar así.  Digo “culpabilidad" por el abandono que he causado  durante tantos años al tener dos trabajos de tiempo completo buscando un mejor  bienestar para mi familia.  Y por pensar ansiosamente en el futuro, descuidé el momento actual.  Por consiguiente, hoy  vivimos el presente, más no el futuro. 

Tarde comprendí, que lo más valioso en nuestras vidas no es lo que se tiene, sino a quienes tenemos.  Cada vez que ella trata de hablarme, se hace más difícil entenderla.  Con paciencia, y amor, la miro a sus ojos y trato de intuir sus mensajes.  En el taller interactivo que participé, aprendí muchas cosas, y una muy importante es que no hay una fórmula única para usar cuando uno  cuida de alguien con Alzheimer.  Cada individuo es un caso diferente, y debe haber una fórmula diferente para manejar la situación.  Lo único igual deber ser el amor, la comprensión, y la dedicación para el cuidado  de nuestro ser querido. 

Es importante que no bajemos  la guardia nunca, que estemos siempre alerta, y que nos anticipemos a los acontecimientos en lo posible.  No nos debemos sentir desmoralizados por que después de todos los esfuerzos que realizamos, nuestro ser querido nos paga con un insulto o con un desprecio.  Recordemos que la persona que cuidamos, es la que nos brindó tanto amor, y hoy simplemente tratamos de devolverle de la misma manera todo lo que nos dio alguna vez.  Recemos para tener la fuerza y la fe para continuar nuestra tarea sin desmayar.  Recordemos las palabras de la Madre Teresa, “de cualquier manera, al final  de todo no es entre el enfermo y usted, sino entre usted y Dios”.

Una vez más buscando una fórmula para aliviar las cosas, encontré una receta muy antigua y he aquí los componentes:

Poner un vaso con agua, una cucharada grande de paciencia, una de comprensión, dos de amor, dos cubitos de fe y dos de esperanza y por último 10 gotas de optimismo, revolver bien, elevar nuestro pensamiento al Padre Creador, agradeciéndole por todo lo que tenemos y lo que no tenemos y la misión que está en nuestras manos. Beber lentamente con nuestro pensamiento más elevado, recordando que este cóctel carece de alcohol y por lo tanto podemos repetirlo cuantas veces sea necesario hasta alcanzar la paz que brinda el amor que emite nuestro Creador. Creo que esta receta fue creada por nuestro amado Señor Jesucristo, ya que en su copa siempre rebalsó todos los componentes de ella. Amemos ese ser que tanto necesita de nosotros recordando siempre que nosotros, podemos ser ese enfermo en algún momento.

Hasta siempre,

Roberto Tchatal es el padre orgulloso de dos hijos y abuelo de una nieta. Hace poco más de un año se retiró de su trabajo para dedicarse a cuidar a su esposa de tiempo completo.


 

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